Pasión confinada | El Diario Montañes


El fútbol sin público ha sido despojado de su alma, su latido amortiguado, su sabor picante se ha endulzado, su pasión se ha limitado. Lo que aportan los aficionados a sus equipos, los locales en masa y ese puñado de visitantes que se sienten muy bien en territorio contrario. Y más si van acompañados de los goles de su equipo. Mañana Laredo y Racing se enfrentarán en el campeonato medio siglo después. Solo los más veteranos del lugar lo recuerdan. Pero mucho más cerca, en septiembre de 2015, está el último enfrentamiento en la competición oficial entre los dos. Luego, el equipo pejino eliminó a los Verdiblancos en la primera ronda de la Copa del Rey.

El equipo de Munitis, que había comenzado la temporada tropezando al regresar a Segunda B, fue derrotado en todos los aspectos del juego por Charles. Unos 2.000 aficionados llenaron el San Lorenzo, pequeño a pesar de ser un miércoles por la noche. Incluso los bares y calles donde solían mezclarse los fanáticos de ambos grupos. Porque en estos días especiales el partido empieza mucho antes de que el árbitro haga sonar el silbato.

Nada que ver con el silencio que reinará este sábado en la grada. Tristes, solitarios, huérfanos del sentido que ha hecho del fútbol el rey del deporte. El equipo local se siente menos en casa y el visitante menos extranjero. Una fiesta de fútbol cántabro sin música y sin invitados. El coronavirus, que tanto nos ha enajenado y abortado la expresión de sentimientos, obliga a los aficionados a seguir el partido desde casa, dentro de cuatro paredes, sin abrazar a su amigo, compañero de asiento ni a nadie pillado caminando si la celebración. Se lo merece y usa los mismos colores que tu bufanda. La próxima reunión tendrá que realizarse a través de Skype, WhatsApp o contrarreloj y de forma remota en la terraza de abajo antes de que suene el toque de queda. Los goles confinados no gozan de lo mismo, las máscaras filtran el sabor de las victorias y el fútbol es menos fútbol. Tiempos de Covid.

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