La caída de la Casa Usher


Si 1992 fue el “annus horribilis” para Isabel II de Inglaterra, 2020 es para Isabel I de Cantora: Kiko Rivera, su alma pequeña, le contó todo lo peor que se le puede decir a una madre. Para usted. La acusó de engañarlo y robarle, de mala madre y mala abuela. “Mamá, deja de vivir en tu puto mundo de mierda”, espetó el viernes por la noche frente a 3.7 millones de espectadores. Y sirviente estaba entre ellos, por supuesto, que no se perdió un buen melodrama, ambos dirigidos por Douglas Sirk y Paolo Vasile.

El jodido mundo de mierda de Isabel Pantoja tiene una ubicación emocional y geográfica: Cantora. Mila Ximénez vino a llamarla Manderley, pero me recuerda más a Usher’s House. Un lugar angustioso, lúgubre, endogámico, endogámico, donde hay habitaciones que nunca se abren, donde no entra el aire, donde viven disfrutando del dolor y donde Isabel reina con su hermano Agustín (quien, casualmente, rima con Rasputín), el hombre que susurraba a las tonadilleras. Una familia disfuncional en todos los aspectos, pero con muchos acres y revistas para lidiar con sus miserias. Ahora, tras una escalada de violencia a través de exclusivas, la bomba explota y el reino se derrumba. Y todo por el legado de Paquirri.

Pero Kiko Rivera, la artista antes conocida como Paquirrín, no solo pide dinero; muy caro. Y produce un dolor inmenso. Tanto es así, que no creo que vuelva a mortificarlo: Paquirrín, con su pliegue de grasa en la nuca, su charla y canciones vergonzosas, fue el comodín del público para este columnista. Pero, desde el viernes, me da vergüenza bromear con él. Quizás estoy envejeciendo. O que también soy madre. Afortunadamente mi heredero se llevará poco. No me gusta que me salves.

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