Guillermo Garabito: No es censura, malpensados


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Pedro Sánchez no quiere hacer más que gobernar. Es un tipo que no ha decidido lo que quiere ser cuando sea mayor, ni siquiera con cuarenta y ocho tacones. Por eso de adolescente engaña para impresionar a Begoña, para impresionar a su suegro, para impresionar a los españoles. Lleva a su esposa a conciertos en el Falcon, toma fotos para ‘Instagram’ fingiendo trabajar, y esta vez usa la presidencia como una beca sabática de cuatro años para tratar de averiguar qué le gustaría hacer cuando sea grande. Por eso, para su recreación, nos deja valido a Iván Redondo que no es el Conde-Duque de Olivares, ni Godoy, sino el que manda.

Después de intentar baloncesto, universidad y un doctorado escrito por otros, con unas memorias escritas por otro, para ser “corredor” en la Moncloa, concejal de la asamblea de Caja Madrid con Blesa, nacionalista, pero poco – basta para conseguir que se aprueben los presupuestos a cambio del desmantelamiento de España -, experto en un consejo sin expertos, gerente de Fernando Simón, invitado de un “late night” pero a media tarde durante la primera ola para no tener que quedarse despierto hasta tarde, que salvó medio millón de vidas en la cárcel -no es responsable de los sesenta mil españoles muertos- resulta que ahora quiere ser censor. Sí, ese comercio en la España de Franco que afortunadamente ya se había perdido. Porque Pedro Sánchez se considera un hombre del Renacimiento al que le interesan muchas cosas, o quizás es que realmente no sabe hacer ninguna. Lo importante para Pedro es que Pedro Sánchez es muchas cosas -famoso, bello, poderoso- y todo a costa de las arcas del Estado, que son el bolsillo roto de los españoles.

Esta última ocurrencia, la de ser un censor, con la que todos los periodistas nos han dado a pensar mal, quizás sea solo un deseo amable de que ABC no se pierda ninguna letra de sus crucigramas, nada más. O no perder un trabajo, como han perdido muchos otros de la España de nuestros abuelos. Sí, podría haber optado por ser linotipista, que también está fuera de uso en los periódicos, pero no, lo que quiere ser es censor porque con el lápiz rojo impresiona más. Y es que, esté donde esté, lo que le gusta es imponer, que le rindan homenaje, como cuando el 12 de octubre le entregó para probar que era rey.

Me pasa con la censura como con los tontos, me ahoga. Supongo que es un capricho de un buen niño nacido en democracia. Eso sí, no lo llames censura, más bien restricción de algunas palabras o ideas, no va a pasar como con el toque de queda: parece franquista, suena a arco de Franco, pero resulta -según el gobierno- que no lo es. Quizás eres estúpido.

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