“Es hora de defender mis derechos y los de otros profesores con patologías de riesgo”.


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Soy madre y profesora y llevo meses luchando un regreso seguro al aula para estudiantes y maestros. También tengo una enfermedad crónica por la que tengo que recibir tratamiento hospitalario inmunosupresor con regularidad. Como resultado, mis defensas se debilitan y me falta vitamina D, que se ha demostrado que es crucial para combatir el virus.

El motivo por el que decidí escribir esta carta es para intentar denunciar una situación alarmante provocada por la pandemia: el hecho de que en diferentes comunidades autónomas Los docentes vulnerables se ven obligados a incorporarse a sus lugares de trabajo sin tomar las medidas de seguridad necesarias contra el virus. Entre otras cosas, hablamos de profesoras embarazadas con una o más patologías de riesgo como cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades pulmonares crónicas, insuficiencia renal crónica e inmunodeficiencia.

Las proporciones a las que nos enfrentamos son de hasta 25 estudiantes por aula en las escuelas de infantil y primaria y de hasta 35 en la secundaria, i. H. números similares a antes de la pandemia.

Además, no todos los centros pueden cumplir el mandato de Mantén distancia Seguridad de 1,5 metros porque no tienen suficiente espacio para ello. Para cumplir con las pautas de las autoridades educativas pertinentes, algunos centros necesitan pedir a los maestros que abran y cierren las ventanas para ventilar y rocíen los escritorios de sus estudiantes uno por uno para desinfectarlos (todo mientras los estudiantes aún están sentados en sus escritorios). Por no hablar de las áreas comunes como pasillos, escaleras, patios y salas de personal, donde el distanciamiento social a menudo se nota en su ausencia.

Respecto a la ventilación, mostrar un botón: hay compañeros que están Lecciones en sótanos sin ventanasy otros que no pueden abrirlo porque el ruido del tráfico no les permite enseñar. Conclusión: Profesores y alumnos pasan varias horas al día en salas cerradasmal ventilados, en contacto directo y estrecho entre sí. Y estamos hablando de un profesor en un centro urbano con una media de unos 150 alumnos, sin sustituciones ni contactos indirectos, ya que en el mismo edificio viven varios cientos de personas todos los días. Otro problema añadido son los monitores ambulantes que tienen que desplazarse a diferentes centros para multiplicar el riesgo de contagio y propagación del virus.

En cuanto al uso de mascarillas, se debe decir que los estudiantes de 0 a 6 años no están obligados a usarlas, por lo que los maestros, y especialmente las mujeres vulnerables y embarazadas, están completamente expuestos. A partir de los 6 años, los niños llegan al centro con su propia mascarilla (las autoridades suelen enviar solo mascarillas quirúrgicas para emergencias), algunas de las cuales son de dudosa eficacia y procedencia. No garantizamos que se cambien con frecuencia o que se desinfecten adecuadamente. Y claro que somos personas que bebemos, estornudamos, se suena la nariz … así que las máscaras en el aula suelen ser quitadas por los alumnos.

Más sangrante de todo, la justificación que damos a profesores con patologías de riesgo para obligarnos a venir a nuestro centro en estas lamentables condiciones es que no nos arriesgamos ya que nuestros alumnos están asintomáticos en cuanto a lo que es. no significa no ser portador del virus. De hecho, somos varios profesores que ya hemos sido informados sobre Solo una semana y media después del inicio de clases, se confirmaron casos positivos en nuestros centros.

Como colofón a este cúmulo de disparates, si bien existe un nivel de actuación nacional y regional de los servicios de prevención de riesgos laborales por exposición a Covid que el Obligación de defender a los trabajadores especialmente sensiblesNo se aplica a los profesores y no entendemos por qué. Otros trabajadores en nuestras circunstancias tienen derecho a adaptar su lugar de trabajo para crear un ambiente seguro, al teletrabajo o ser asignados a un puesto de menor riesgo.

Como maestra, he intentado durante años ayudar a los niños de muchas y muy diferentes familias crecer sano y feliz. Pero ahora es el momento de defender mis derechos y los de otros docentes con patologías de riesgo. Pedimos ni más ni menos que al resto de empleados: un ambiente de trabajo seguro para nosotros y nuestros estudiantes.

* Patricia de la Fuente López es profesora y vive en Valladolid.

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